A finales de agosto de 1977, el tranquilo y gris suburbio de Enfield, al norte de Londres, se convirtió en el epicentro del expediente paranormal más masivo, mediático y rigurosamente documentado de la historia del Reino Unido. La humilde vivienda social ubicada en el número 284 de Green Street, habitada por la madre soltera Peggy Hodgson y sus cuatro hijos, fue el escenario de una oleada de actividad de tipo Poltergeist (término alemán que se traduce como «espíritu chocarrero o ruidoso») que se extendió por más de catorce meses, requiriendo la intervención directa de policías, periodistas de la cadena BBC, fotógrafos de prensa escrita y los científicos de la prestigiosa Sociedad para la Investigación Psíquica (SPR).
La tormenta estalló la noche del 31 de agosto, cuando las dos hijas menores, Janet (de 11 años) y Margaret (de 13), le gritaron a su madre que sus camas comenzaron a tironearse y a vibrar solas con violencia en la oscuridad. Peggy, pensando que era una broma de las niñas, entró al cuarto a reprenderlas, momento en el cual una pesada cajonera de roble de la habitación se despegó del suelo y se deslizó pesadamente por el piso unos cincuenta centímetros hacia adelante, bloqueando la puerta. Peggy intentó empujar el mueble de regreso a su posición, pero una fuerza invisible opuesta empujó la cajonera en sentido contrario. Asustada, la familia huyó a la casa de los vecinos y llamaron a la policía local. La agente de policía Carolyn Heeps llegó al lugar y firmó una declaración jurada oficial donde testificó ver con sus propios ojos cómo una silla del comedor levitaba unos centímetros en el aire y se desplazaba sola por el pasillo sin intervención humana.
La escala de los fenómenos fue en aumento y atrajo a los investigadores de la SPR, Maurice Grosse y Guy Lyon Playfair. Durante meses, ambos vivieron prácticamente dentro de la casa de los Hodgson, registrando de forma meticulosa más de 1.500 incidentes anómalos: canicas y bloques de juguete Legos que salían disparados a alta velocidad desde las esquinas quemando al tacto, sofás pesados que se daban vuelta solos, sábanas que se enrollaban en los cuellos de los niños intentando asfixiarlos, y ráfagas de viento helado dentro de la casa con las ventanas selladas. El fotógrafo Graham Morris, del periódico Daily Mail, logró capturar una serie de famosas secuencias fotográficas automáticas donde se aprecia a Janet Hodgson siendo arrojada por los aires horizontalmente con violencia desde su cama, con el rostro desencajado por el terror, una imagen que dio la vuelta al mundo.
El clímax del caso Enfield ocurrió cuando la pequeña Janet de 11 años comenzó a entrar en profundos trances semitraumáticos, durante los cuales su laringe sufría una alteración física drástica. Janet comenzó a hablar con una voz masculina cavernosa, gutural, ronca y extremadamente violenta que salía desde el fondo de sus cuerdas vocales falsas. La voz se identificó a sí misma como Bill Wilkins, un hombre anciano y cascarrabias que afirmó haber fallecido años atrás en esa misma casa a oscuras en un rincón del sillón del living debido a una hemorragia cerebral fulminante. Investigaciones posteriores de los periodistas confirmaron que los datos entregados por la voz fantasmal de la niña eran 100% reales: un hombre llamado Bill Wilkins sí había muerto exactamente bajo esas condiciones médicas y en ese mismo sillón de Green Street, un registro civil que la niña de once años no tenía forma humana de conocer.
Al igual que todos los grandes casos de la parapsicología, Enfield tuvo su cuota de escepticismo radical. Investigadores contrarios e ilusionistas profesionales instalaron cámaras ocultas en las habitaciones y lograron capturar a Janet y Margaret doblando cucharas de cocina con las manos de forma manual o saltando desde sus camas de forma voluntaria para imitar las levitaciones cuando los investigadores no las miraban directamente. Janet confesó años más tarde en su vida adulta que, debido a la inmensa presión de la prensa y las expectativas de los investigadores que vivían en su casa, ellas fingieron un porcentaje muy menor de los fenómenos (apenas un 2% o 3% de las veces) para no decepcionar a Maurice Grosse cuando la actividad real del espíritu parecía calmarse por unos días.
Esta confesión de fraude parcial no logra explicar, sin embargo, las docenas de testimonios independientes de médicos que analizaron la voz gutural de Janet concluyendo que hablar de esa manera por horas habría destruido de forma irreversible los tejidos de las cuerdas vocales de una niña, ni los fenómenos físicos atestiguados por los oficiales de policía y periodistas ajenos a la dinámica familiar. El Poltergeist de Enfield cerró su oleada a finales de 1978 de forma tan misteriosa como comenzó, dejando tras de sí el archivo fotográfico y de audio más denso de la historia de los fantasmas occidentales, la prueba definitiva de que algunas casas comunes de los suburbios esconden secretos que la ciencia tradicional aún no logra descifrar.