Para adentrarnos en la mente de Ricardo Leyva Muñoz Ramírez, primero tenemos que entender que este tipo creció dentro de una incubadora perfecta para crear a un psicópata de manual. Nacido en 1960 en El Paso, Texas, en el seno de una familia mexicano-estadounidense con serios problemas económicos, su hogar era un auténtico campo de batalla cotidiano. Su padre, un ex policía de ferrocarriles con un genio de los mil demonios, descargaba su frustración propinándole palizas sistemáticas e inhumanas a sus hijos. Richard, mostrando desde pequeño conductas problemáticas y una fuerte tendencia al aislamiento, solía escapar de los golpes yéndose a dormir directamente a los cementerios locales. Esta infancia atravesada por el abuso y la desestructuración familiar profunda dejó secuelas emocionales severas, torciendo su psicología antes de que siquiera pisara la adolescencia.
Sin embargo, el verdadero catalizador de su oscuridad total fue la relación con su primo mayor, Miguel Ramírez, un veterano que venía llegando de la Guerra de Vietnam totalmente trastornado. Miguel se transformó en el héroe de Richard, pero un héroe de lo macabro: se sentaban por horas a fumar marihuana mientras el ex soldado le relataba con lujo de detalles asesinatos, torturas y violaciones ocurridas durante el conflicto en la selva, todo esto acompañado de fotografías explícitas y polaroids de sus crímenes de guerra. El trauma escaló al máximo cuando Richard presenció en vivo y en directo cómo Miguel, en medio de una discusión doméstica en la cocina, asesinaba a su propia esposa de un tiro a quemarropa en la cara. Ver la sangre caliente y el desprecio por la vida humana terminó por apagar cualquier rastro de empatía en la cabeza del joven.
A comienzos de los años 80, Ramirez abandonó el colegio, cayó en una adicción severa a la cocaína y la metanfetamina, y se trasladó a California. Vivía en la indigencia total, andaba pato de plata todo el tiempo y sobrevivía a base de robos menores en departamentos de Los Ángeles. Su debut en la crónica roja ocurrió en la primavera de 1984 cuando violó y asesinó a la niña de 9 años Mei Leung en el sótano de un hotel, pero la histeria colectiva estalló con todo en el verano de 1985. La prensa lo bautizó como “Night Stalker” debido a su modus operandi fantasmal: actuaba exclusivamente de noche, aprovechando que los vecinos dejaban las ventanas completamente abiertas para capear las brutales olas de calor de California, ingresando silenciosamente a las casas mientras las víctimas dormían.
Lo que volvía locas a las autoridades locales, al FBI y a los analistas de perfiles criminales era que Ramirez rompía todas las reglas de la criminología tradicional: el nivel de violencia variaba enormemente entre un crimen y otro y no tenía un perfil específico de víctima. El tipo entraba a una casa al azar y podía asesinar a un anciano de un tiro, violar a la esposa, robarse las joyas o ensañarse con una pareja de universitarios utilizando cuchillos y machetes. Esta imprevisibilidad total generó un clima de paranoia generalizado en Los Ángeles y San Francisco; la gente comenzó a armarse hasta los dientes, las ventas de rejas y alarmas se dispararon, y las familias preferían sofocarse del calor durmiendo con las ventanas completamente selladas antes que arriesgarse a recibir la visita del monstruo.
Otro elemento que amplificó el impacto mediático y alimentó los tabloides de la televisión fue su abierta y descarada fascinación por el satanismo. Durante sus ataques, Ramirez obligaba a las víctimas sobrevivientes a mirar sus ojos inyectados en metanfetamina y a jurar fidelidad a Lucifer. No contento con el trauma psicológico, dejaba pentagramas dibujados con labial en los muslos de sus víctimas o pintados con sangre en las paredes de las escenas del crimen, transformando sus homicidios en una especie de ritual satánico callejero. En total, la fiscalía logró acreditarle una racha caótica de 13 asesinatos confirmados, 5 intentos de homicidio y 11 agresiones sexuales en apenas un año de puro terror.
La suerte de este depredador se terminó gracias a su propia desprolijidad criminal y al avance tecnológico del FBI. Durante un ataque fallido, un vecino alcanzó a anotar la patente de un automóvil robado en el que Ramirez se desplazaba. Los detectives de la policía localizaron el vehículo abandonado y, utilizando las bases de datos dactilares del sistema automatizado, lograron extraer una huella digital perfecta que calzaba con los registros delictivos de Richard en Texas. El 31 de agosto de 1985, las autoridades cometieron una audacia y publicaron la foto de su rostro en la primera plana de todos los periódicos y noticieros del país, esperando que la misma comunidad hiciera el trabajo de rastreo.
Ese mismo día, Ramirez venía regresando a Los Ángeles en un bus interurbano tras un viaje fallido, completamente ajeno a que su cara era la más buscada de Estados Unidos. Se bajó en un barrio residencial de East LA, caminó hacia un almacén y notó que la gente lo miraba con terror y furia. Preso del pánico, intentó robarle el auto a una mujer en la calle, pero el tejido comunitario reaccionó de inmediato. El esposo de la mujer y un grupo de vecinos de origen mexicano lo reconocieron al tiro por las fotos de la prensa y alguien gritó: «¡Es El Matón!». En cosa de segundos, una turba enardecida de más de treinta personas lo persiguió por varias cuadras, lo acorraló contra una reja y le propinó una paliza histórica con barras de fierro y palos. Cuando las patrullas policiales llegaron al lugar, tuvieron que rescatar a un Ramirez ensangrentado y tembloroso que suplicaba que se lo llevaran detenido para que la masa no lo linchara ahí mismo.
El juicio subsiguiente en 1989 fue un espectáculo dantesco y circense que quedó grabado en la retina pop norteamericana. Ramirez entraba a la corte haciendo el saludo del «as de espadas» con la mano, mostrando un pentagrama pintado en la palma y gritándole «Hail Satan» a las cámaras, mientras un grupo de fanáticas afectadas por la hibristofilia le enviaban cartas de amor a su celda. Tras un proceso judicial larguísimo, fue condenado a la pena de muerte por todos sus delitos. Sin embargo, debido a los eternos laberintos de apelaciones del sistema judicial de California, el «Night Stalker» jamás pisó la cámara de gas. Tras pasar más de dos décadas tras las rejas en la prisión de San Quintín sin mostrar un ápice de remordimiento, Ramirez murió en junio de 2013 a los 53 años en un hospital público, producto de complicaciones médicas relacionadas con un linfoma de células B y los estragos de su antigua adicción a las drogas.