Para cerrar el rompecabezas de esta serie criminal, debemos viajar al siglo XIX y conocer al tipo que inauguró la era de los mataderos humanos en Estados Unidos. Mucho antes de que el FBI inventara los perfiles psicológicos, Herman Webster Mudgett —quien después adoptaría el elegante alias de H. H. Holmes— ya había entendido cómo camuflar el sadismo absoluto detrás de las luces del progreso. Nacido en 1861 en Gilmanton, New Hampshire, Holmes creció en un entorno familiar ultra conservador y profundamente religioso, donde la disciplina se imponía a golpes y las emociones afectivas brillaban por su ausencia. En el colegio, era un niño introvertido que sufría un bullying feroz por parte de sus compañeros; en un brutal episodio de iniciación escolar, los niños grandes lo encerraron en el clóset del laboratorio médico cara a cara con un esqueleto humano real. Lejos de quedar traumado de por vida, el pequeño Herman experimentó una fascinación morbosa y obsesiva por la anatomía que torció su mente para siempre.
Durante su juventud, Holmes demostró tener una inteligencia brillante pero completamente orientada hacia el mal de forma utilitaria. Logró entrar a estudiar medicina en la prestigiosa Universidad de Michigan, lugar donde descubrió su verdadera vocación: la estafa a gran escala. Su primer gran negocio clandestino consistía en robar cadáveres frescos desde los laboratorios de disección de la facultad, desfigurarlos para que parecieran víctimas de accidentes y luego cobrar millonarios seguros de vida utilizando identidades falsas que él mismo creaba. Antes de cumplir los treinta años, Holmes ya se había ganado una reputación gigante en el bajo mundo como un estafador profesional, frío, calculador y extremadamente seductor, capaz de engrupirse a cualquiera con su vocabulario refinado y sus trajes de última moda.
A fines de la década de 1880, Holmes se trasladó a un Chicago que vivía un crecimiento explosivo debido a la industrialización y los preparativos para la fastuosa Feria Mundial de 1893. Viendo la tremenda oportunidad comercial, compró una farmacia local usando artimañas legales y adquirió un enorme terreno al frente, donde comenzó la construcción de un gigantesco edificio de tres pisos que la crónica negra bautizaría como el “Murder Castle” (El Castillo de los Asesinatos). Holmes diseñó los planos de forma obsesiva y cambiaba constantemente de arquitectos y maestros de construcción durante la obra; ¿el motivo? No quería que nadie más que él supiera el secreto de lo que escondían esas murallas. El lugar era una obra maestra del terror arquitectónico: incluía habitaciones completamente insonorizadas, puertas trampa que daban al vacío, pasadizos secretos ocultos tras los muros, escaleras que no llevaban a ninguna parte y un complejo sistema de cañerías conectado directamente a líneas de gas que Holmes controlaba desde su propio dormitorio para asfixiar a sus huéspedes a distancia con solo mover una llave.
La Feria Mundial de Chicago de 1893 fue el escenario de caza perfecto. Con la ciudad desbordada por millones de turistas, Holmes abrió su edificio como un hotel de bajo costo para hospedar a visitantes solitarios, especialmente mujeres jóvenes de provincias que venían a buscar trabajo y que no conocían a nadie en la gran metrópolis. Holmes las contrataba como secretarias o hoteleras, les exigía que firmaran seguros de vida a su favor y, cuando ya no le servían, las encerraba en las habitaciones sin ventilación para dejarlas morir de hambre o asfixiadas por el gas. Lo más macabro ocurría después: los cuerpos eran lanzados por un ducto secreto que iba directo al sótano, donde Holmes los diseccionaba minuciosamente, disolvía la carne en barriles de ácido o cal viva, y limpiaba los huesos para armar esqueletos perfectos que luego le vendía clandestinamente a las escuelas de medicina locales a precios ridículamente altos.
Aunque Holmes confesó formalmente 27 asesinatos antes de subir al patíbulo, los investigadores históricos y los peritos de la época estiman que la cifra real de víctimas que desaparecieron dentro de las fauces del Castillo de los Asesinatos podría superar fácilmente las 100 personas, transformándolo en una auténtica máquina industrial de matar que operaba a metros de la policía sin levantar la más mínima sospecha debido al caos y la masividad de la feria.
Su caída, de forma irónica, no llegó por las denuncias de desapariciones, sino por su adicción incorregible al dinero fácil y los fraudes financieros. Tras el cierre de la feria, el hotel sufrió un incendio sospechoso y Holmes escapó de Chicago para continuar sus estafas en otros estados. En 1894 fue arrestado en Boston luego de que una compañía de seguros contratara a la famosa agencia de detectives Pinkerton para investigarlo por el extraño fallecimiento de su socio, Benjamin Pitezel. Al tirar de la hebra de esa investigación, la policía descubrió que Holmes no solo había asesinado a Pitezel para quedarse con el dinero, sino que también había paseado por todo el país a los tres hijos pequeños de su socio antes de ejecutarlos a sangre fría en casas que arrendaba temporalmente. Cuando los detectives allanaron el abandonado Castillo de Chicago guiados por los mapas de los pasadizos, se toparon con una pesadilla arqueológica de ropa de mujer ensangrentada, hornos de cremación de alta temperatura y fosas llenas de fragmentos óseos humanos en el subsuelo.
Holmes enfrentó un juicio ultra mediático que paralizó a la opinión pública de la era victoriana, donde se mostró frío, altanero y llegó a declarar ante los periodistas la famosa frase: «Nací con el diablo en mí. No pude evitar el hecho de ser un asesino, más de lo que el poeta puede evitar la inspiración para cantar». Fue declarado culpable de homicidio en primer grado y sentenciado a la pena máxima. H. H. Holmes murió ejecutado en la horca el 7 de mayo de 1896, con apenas 34 años de edad, en la prisión de Moyamensing en Filadelfia. Como última voluntad, preso de una paranoia extrema, exigió que su cuerpo fuera enterrado dentro de un ataúd lleno de cemento y sepultado a doble profundidad bajo tierra, aterrado con la idea de que alguien pudiera desenterrar su cadáver para robar sus huesos y hacerle lo mismo que él le hizo a decenas de almas inocentes.