Para entender el fenómeno del Asesino del Zodíaco, hay que trasladarse al norte de California a fines de los años 60, una época de contracultura, paz y amor que se vio interrumpida de golpe por una presencia fantasmal y perversa. A diferencia de otros depredadores de esta serie, el Zodíaco no buscaba ocultar sus crímenes; buscaba audiencia, fama y una validación intelectual enfermiza. Sus primeros ataques confirmados sembraron el terror en carreteras poco transitadas y los llamados “lovers’ lanes” (zonas de estacionamiento para parejas). Atacaba con armas de fuego y cuchillos de forma brutal y repentina, eligiendo casi exclusivamente a parejas jóvenes que se encontraban vulnerables dentro de sus autos en la oscuridad de la noche.
El terror psicológico alcanzó un nivel completamente cinematográfico y perturbador en septiembre de 1969, a plena luz del día, cerca del paradisíaco lago Berryessa. Allí, una pareja de universitarios fue abordada por un hombre que parecía sacado de una pesadilla: usaba una sofisticada capucha negra de verdugo que le caía hasta el pecho, unas gafas oscuras sobre las aberturas de los ojos y, bordado con hilo blanco en el centro de su traje, llevaba un símbolo circular cruzado por una cruz, una especie de mira telescópica que terminaría convirtiéndose en la firma oficial de su carnicería. Tras amarrar a las víctimas bajo engaños, las apuñaló con un ensañamiento animal. Las descripciones de los pocos sobrevivientes directos ayudaron a reconstruir parcialmente su fisonomía y su modus operandi, pero la policía seguía cazando a un fantasma.
Sin embargo, lo que realmente transformó al Zodíaco en una obsesión nacional y en uno de los mayores misterios criminales del siglo XX no fue solo la brutalidad de sus homicidios, sino las cartas que enviaba a los principales diarios locales, como el San Francisco Chronicle. El asesino exigía con amenazas de futuras matanzas que sus mensajes fueran publicados en la primera plana. En estas cartas —que siempre partían con la icónica frase «Este es el Zodíaco hablando»— el criminal incluía macabros criptogramas (mensajes cifrados con símbolos complejos), piezas de la ropa ensangrentada de sus víctimas (como el trozo de camisa del taxista Paul Stine) y amenazas explícitas de volar un bus escolar lleno de niños. Aseguraba haber cometido decenas de asesinatos más de los que la policía podía probar, jugando al gato y al ratón con los inspectores más experimentados.
Con el paso de los años y la desesperación de las agencias policiales de Vallejo, San Francisco y el mismísimo FBI, surgieron cientos de sospechosos. El nombre más conocido y analizado por los investigadores fue Arthur Leigh Allen, un ex profesor de escuela con antecedentes de abuso infantil que poseía relojes de la marca Zodiac (cuyo logo era exactamente el símbolo del asesino) y que coincidía con varias descripciones y comportamientos extraños analizados por la policía. A pesar de los intensos registros y los interrogatorios liderados por el famoso detective Dave Toschi, nunca existió la evidencia física, dactilar o balística definitiva para acusarlo formalmente en un tribunal, y Allen murió en 1992 llevándose sus secretos a la tumba.
La contabilidad oficial de la ley le atribuye al Zodíaco cinco asesinatos confirmados y dos sobrevivientes, aunque en sus descaradas cartas él mismo llegó a reclamar una lista de más de 37 víctimas. El caso pasó por un laberinto de décadas de teorías conspirativas, obsesión mediática y avances científicos frustrados. En el año 2021, el FBI anunció el cierre formal de la investigación federal tras resolver uno de sus criptogramas más complejos (el famoso código Z340) gracias a un equipo de criptógrafos aficionados, pero los departamentos de policía locales de California todavía mantienen los archivos activos. Más de medio siglo después, la verdadera identidad detrás de la capucha del Zodíaco continúa siendo una herida abierta y el enigma sin resolver más fascinante de la criminología contemporánea.