Antares de la Luz y la Secta de Colliguay: El delirio mesiánico que terminó en el peor de los horrores

Antares de la Luz y la Secta de Colliguay: El delirio mesiánico que terminó en el peor de los horrores

Viajamos a los cerros de la Quinta Región para desenterrar uno de los casos más oscuros de la historia criminal chilena. De cómo un músico de clase media se transformó en un dios terrenal y arrastró a un grupo de profesionales ABC1 a cometer un crimen innombrable bajo la paranoia del fin del mundo de 2012.

Para abrir esta categoría de cultos oscuros, no necesitamos mirar hacia el extranjero; el horror más absoluto golpeó directamente en nuestro patio trasero. A finales de la década del 2000, el mundo entero andaba psicoseado con las supuestas profecías mayas del fin del mundo para el 21 de diciembre de 2012. En ese contexto de paranoia colectiva y búsquedas espirituales de la Neo-Era, un hombre supo leer perfectamente la vulnerabilidad de un grupo de jóvenes profesionales chilenos. Su nombre real era Ramón Gustavo Castillo Gaete, pero para sus seguidores, él era la reencarnación misma de Dios en la Tierra: «Antares de la Luz».

Ramón Castillo nació en Santiago en 1977. Lejos de venir de la marginalidad, creció en un entorno de clase media acomodada en comunas como La Reina y Providencia. Su infancia y juventud fueron bastante normales, e incluso destacaba por sus talentos artísticos. Estudió en el Liceo Experimental Manuel de Salas, jugaba básquetbol y tocaba el clarinete con una habilidad tremenda, lo que lo llevó a estudiar Pedagogía en Música en la Universidad Mayor. Quienes lo conocieron en esa época lo describían como un tipo piola, talentoso y sensible. Sin embargo, tras un viaje a China con un grupo musical y posteriores travesías a Perú, donde experimentó intensamente con la ayahuasca, algo se trizó de forma definitiva en su cabeza.

Al regresar a Chile, Ramón ya no era el músico buena onda; estaba completamente obsesionado con el misticismo, el esoterismo y el chamanismo. Empezó a dictar talleres de sanación donde utilizaba su innegable carisma y su imponente presencia física para «engrupirse» a jóvenes que andaban perdidos o buscando un sentido más profundo para sus vidas. Lo cuático es que su público objetivo no era gente de escasos recursos, sino jóvenes de situación económica alta, universitarios de comunas cuicas de Santiago y Viña del Mar, profesionales como cineastas, veterinarios y diseñadoras. A punta de manipulación psicológica, Castillo los aisló de sus familias, les prohibió ver televisión o usar redes sociales, y los convenció de que el resto del mundo estaba «corrompido».

La secta se estructuró con una jerarquía militar y sumisión total. Castillo, ya autonombrado Antares de la Luz, exigía que sus seguidores le entregaran todo su dinero y bienes económicos, logrando financiar un estilo de vida donde él no movía un dedo mientras el resto trabajaba la tierra y lo atendía como a un rey. El grupo se trasladó a una comunidad cerrada en el sector rural de Colliguay, en los cerros de Quilpué. Los informes forenses y las investigaciones de la PDI detallan que el ambiente en la parcela era un infierno: Antares controlaba las dietas de todos, los obligaba a consumir dosis brutales de ayahuasca para mantenerlos alucinando y, si alguien osaba cuestionar sus órdenes, los castigaba con golpizas brutales utilizando un báculo de madera, bajo la excusa de que estaba «limpiando sus karmas».

El delirio llegó a su punto de no retorno en 2012. Antares le metió en la cabeza a su grupo que el fin del mundo llegaría el 21 de diciembre de ese año y que solo los miembros de su secta se salvarían. Pero había un problema: una de sus seguidoras, Natalia Guerra, quedó embarazada de él. Castillo, atrapado en una paranoia megalómana total, declaró que ese feto no era su hijo, sino el mismísimo Anticristo que venía a boicotear el plan de salvación divina. El grupo aceptó el delirio sin chistar, completamente anulados en su juicio crítico por el lavado de cerebro y el consumo diario de alucinógenos.

El crimen que marcó la crónica negra chilena ocurrió la noche del 23 de noviembre de 2012, tres días después de que el bebé naciera de forma clandestina en una clínica de Viña del Mar. En un ritual tétrico en los cerros de Colliguay, el grupo amarró y amordazó al recién nacido, colocándolo sobre una tabla. Antares guió la ceremonia mientras sus seguidores encendían una gigantesca hoguera. Bajo las órdenes directas de Castillo, el bebé de tan solo tres días de vida fue lanzado vivo al fuego en un supuesto acto de «purificación» para salvar a la humanidad. Imagínense la escena: profesionales universitarios, drogados y deshumanizados, cantando alrededor de una fogata mientras un recién nacido se consumía en las llamas.

Cuando llegó el esperado 21 de diciembre de 2012 y el mundo no se acabó, la burbuja de la secta estalló. Algunos miembros empezaron a despertar del trance y el pánico los consumió. Para colmo, a principios de 2013, la PDI recibió una denuncia anónima sobre una mujer que había tenido un hijo que nunca fue inscrito en el Registro Civil. Al tirar de la hebra, la policía civil destapó el horror de Colliguay. Sabiendo que los detectives le pisaban los talones, Antares usó el dinero que le quedaba de la secta y arrancó del país de forma clandestina con rumbo a Perú, ocultándose en la ciudad del Cusco bajo una identidad falsa.

La cacería humana terminó de forma abrupta en mayo de 2013. La policía peruana, alertada por la Interpol, cercó la zona donde se escondía el prófugo chileno. Sin embargo, Antares de la Luz nunca fue capturado vivo ni enfrentó a la justicia por el infanticidio. Preso de la paranoia de verse encerrado en una cárcel común, Ramón Castillo se suicidó colgándose de una viga en una casa abandonada conocida como «La vecindad» en el Cusco, falleciendo a los 35 años. En Chile, los demás miembros de la secta fueron detenidos y enfrentaron un bullado juicio; Natalia Guerra (la madre del bebé) fue condenada a 5 años de presidio por parricidio tras pasar un tiempo prófuga, mientras que los otros cómplices recibieron penas menores o internaciones psiquiátricas debido al severo daño mental provocado por el culto. Hoy el caso sigue siendo la muestra más cruda de cómo el misticismo mal enfocado puede terminar en la peor de las carnicerías.