La tragedia de Waco no es solo la historia de una secta extremista; es también un manual de cómo las agencias de la ley pueden cometer errores garrafales cuando se enfrentan a un líder mesiánico arrinconado. La secta de los Davidianos (Branch Davidians) era una rama disidente de los Adventistas del Séptimo Día que se había instalado en el rancho Monte Carmelo (Mount Carmel Center), cerca de Waco, Texas. Todo se salió de control a finales de los 80 cuando Vernon Wayne Howell, un joven encantador, manipulador y fanático de tocar la guitarra eléctrica, tomó el control absoluto del grupo, rebautizándose como David Koresh.
Koresh le lavó la cabeza a sus seguidores convenciéndolos de que él era el último profeta, el único capaz de abrir los «Siete Sellos» del Apocalipsis descritos en la Biblia. Bajo su mandato, impuso reglas extremas: canceló todos los matrimonios dentro de la secta porque, según su interpretación divina, él era el único que tenía derecho a procrear con las mujeres del grupo (incluyendo niñas menores de edad), para así crear un «linaje puro» de reyes. Además, convencido de que el gobierno federal era el mismísimo Ejército de Babilonia que vendría a destruirlos, comenzó a acumular un arsenal gigante de rifles AR-15, miles de municiones y componentes para fabricar explosivos, todo amparado en las laxas leyes de armas de Texas, pero rozando constantemente la ilegalidad al modificar armas semi-automáticas.
La bomba estalló el 28 de febrero de 1993, cuando la ATF (Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos) intentó allanar el complejo. Los Davidianos estaban preparados, y se desató un feroz tiroteo que duró casi dos horas, dejando a cuatro agentes federales y seis sectarios muertos. A partir de ahí, el FBI tomó el control e instaló un sitio mediático que paralizó al mundo durante 51 días. Fue una guerra psicológica constante: el FBI cortó la electricidad y bombardeaba el rancho día y noche con altavoces gigantes tocando canciones de Nancy Sinatra, sonidos de conejos siendo degollados y ruidos de dentistas para quebrarles la mente, mientras Koresh respondía predicando por radio y exigiendo tiempo para escribir su manuscrito sagrado.
La paciencia del gobierno de Bill Clinton se agotó. La mañana del 19 de abril de 1993, el FBI ordenó un asalto final utilizando tanques blindados para perforar los muros del rancho y lanzar gas lacrimógeno CS al interior, buscando obligarlos a salir. Lo que ocurrió después sigue siendo motivo de fuerte debate, pero el resultado es innegable: alrededor del mediodía, múltiples incendios estallaron de forma simultánea dentro del complejo de madera, impulsados por los fuertes vientos de Texas. En cuestión de minutos, el Monte Carmelo se convirtió en una trampa mortal de llamas y humo. Murieron 76 miembros de la secta, incluyendo a David Koresh (quien recibió un disparo en la cabeza, presumiblemente por su mano derecha, Steve Schneider) y 28 niños inocentes que quedaron atrapados en la bóveda de concreto del rancho, asfixiados y calcinados en uno de los episodios más oscuros del gobierno estadounidense.