El Caso del Cabo Valdés — Tiempo perdido, barba de cinco días y el enigma que dividió a la ufología chilena

El Caso del Cabo Valdés — Tiempo perdido, barba de cinco días y el enigma que dividió a la ufología chilena

Viajamos al altiplano chileno en 1977 para desenterrar el hito más famoso de la ufología nacional. La noche en que un patrullero del Ejército desapareció frente a sus soldados tras acercarse a una luz misteriosa y regresó minutos después con el reloj adelantado y un mensaje críptico.

Para los fanáticos chilenos del misterio, hablar de abducciones extraterrestres no es evocar únicamente el caso estadounidense de Betty y Barney Hill; es viajar de inmediato a las frías pampas altiplánicas de la Región de Tarapacá. El 25 de abril de 1977, en la localidad de Putre, se registró el que por décadas fue considerado el «santo grial» de la ufología chilena: el Caso del Cabo Valdés. Un expediente que mezcló patrullas militares en plena Dictadura, luces imposibles, alteraciones físicas inexplicables y un desenlace que, cuarenta años después, rompió el mito dejando un sabor amargo en la comunidad investigadora.

Todo comenzó a las 3:45 de la madrugada en el sector de pampa Lluscuma. Una patrulla del Regimiento de Infantería N.º 4 «Rancagua», compuesta por seis soldados conscriptos y liderada por el cabo segundo Armando Valdés Garrido, se encontraba custodiando una caballeriza. El ambiente era de tensa calma debido a las fricciones fronterizas de la época. De pronto, uno de los conscriptos que estaba de guardia alertó a sus compañeros sobre una anomalía en el cielo: una intensa luz de color violeta y rojo descendía a gran velocidad para luego posarse sobre un cerro cercano, iluminando la pampa por completo e infundiendo terror en los caballos.

Bajo una densa neblina y un frío calador, el cabo Valdés decidió avanzar solo unos metros hacia la misteriosa luminosidad para identificar de qué se trataba. Según los testimonios oficiales de los conscriptos entregados a los pocos días, Valdés simplemente «se desvaneció» al entrar en la zona de influencia de la luz. Sus subordinados lo buscaron desesperadamente a gritos en medio de la oscuridad absoluta durante un lapso que estimaron entre 15 y 17 minutos, sin obtener respuesta alguna.

El verdadero impacto ocurrió a las 4:15 de la mañana, cuando el cabo Valdés reapareció de la nada a espaldas de la patrulla. Su estado físico dejó a los conscriptos congelados: el militar se encontraba en un estado de trance semitraumático, tiritando de frío y con la mirada perdida. Lo más desconcertante vino al revisar los detalles:

  • El crecimiento de la barba: Aunque Valdés se había afeitado perfectamente antes de iniciar la guardia esa noche, regresó con una barba visible de unos cinco días de crecimiento.
  • El reloj adelantado: El reloj pulsera digital que portaba el cabo marcaba cinco días de adelanto en el calendario interno y la hora corría totalmente desfasada.
  • El mensaje críptico: Antes de desmayarse en los brazos de sus soldados, Valdés pronunció con una voz pastosa y extraña una frase que quedó grabada en la crónica paranormal chilena: «Ustedes no saben quiénes somos ni de dónde venimos, pero les aseguro que pronto volveremos».

El caso escaló rápidamente hasta convertirse en un fenómeno mediático internacional. Investigadores de todo el mundo y periodistas chilenos viajaron al norte para entrevistar a los conscriptos, quienes mantuvieron la misma versión bajo juramento militar. El régimen militar impuso un manto de hermetismo sobre el caso, lo que no hizo más que alimentar las teorías de que la ciencia del Ejército estaba ocultando un verdadero encuentro cercano del tercer tipo. El cabo Valdés se transformó en una leyenda viviente, dando charlas, escribiendo un libro y participando en programas icónicos de la televisión de la época como Más Música o especiales de prensa escrita de La Tercera.

Sin embargo, el mito que se construyó sólidamente durante casi cuatro décadas se desplomó de golpe en el año 2013, cuando el propio Armando Valdés decidió romper el silencio de forma definitiva en un reportaje del canal 24 Horas y en el marco de congresos ufológicos. Ya retirado de las filas del Ejército y convertido en pastor evangélico, Valdés confesó la verdad detrás de esa mítica noche en Putre: «Nunca fui abducido, nunca existió tal abducción».

Según la cruda y honesta declaración del exmilitar, todo el incidente de pampa Lluscuma fue el resultado de una mezcla de sugestión colectiva, fatiga extrema, el avistamiento de un fenómeno astronómico o meteorológico común que los asustó (probablemente un satélite o luz de bengala) y una posterior broma que se le escapó de las manos. Valdés confesó que esa noche, tras el susto inicial de la luz, se apartó de la patrulla para orinar y tomar un descanso detrás de una roca. Al regresar y ver a sus conscriptos al borde del llanto por los nervios de la guerra, decidió fingir un estado de trance y decir la famosa frase «no saben quiénes somos» para mantener la disciplina y el respeto ante sus hombres.

Respecto a las pruebas físicas que sustentaron el mito durante años, las explicaciones resultaron ser bastante terrenales. El crecimiento de la barba fue una exageración de los conscriptos potenciada por las sombras de la linterna y el hollín de las fogatas. El desfase del reloj se debió simplemente a que el dispositivo fallaba constantemente por las bajas temperaturas del altiplano y Valdés ya lo andaba trayendo mal configurado desde días anteriores.

A pesar de que la propia víctima desarmó el enigma, el Caso del Cabo Valdés se niega a morir en la memoria popular chilena. Para los ufólogos escépticos, quedó como el ejemplo de cómo el miedo y el contexto político de la Guerra Fría pueden agigantar una anécdota rural hasta convertirla en un evento intergaláctico; para los creyentes más duros, en cambio, la sorpresiva confesión del cabo no es más que el resultado de un supuesto «lavado de cerebro» o una orden de silencio impuesta desde las sombras del alto mando militar que se extendió hasta sus días de vejez.