Para analizar la historia de Aileen Carol Wuornos, hay que sacarse de encima los prejuicios automáticos del sistema judicial gringo. Wuornos no era una mente criminal brillante ni una psicópata de cuello y corbata; era el subproducto roto de un tejido social que le falló sistemáticamente desde el día en que nació en 1956 en Michigan. Su infancia parece sacada de una película de terror psicológico: su padre biológico, diagnosticado con esquizofrenia severa y condenado por delitos sexuales, se colgó en su celda antes de que ella pudiera conocerlo. Al poco tiempo, su madre la abandonó a ella y a su hermano en la calle, dejándolos al cuidado de unos abuelos alcohólicos y ultra violentos. En ese hogar sufrió abusos físicos y emocionales cotidianos. El colmo de la desprotección ocurrió a los 14 años, cuando quedó embarazada tras sufrir una agresión sexual por parte de un amigo de la familia y, en vez de recibir ayuda, su abuelo la echó a patadas de la casa, obligándola a vivir en un camión abandonado en los bosques.
A partir de ahí, la vida de Aileen se transformó en una cruda batalla por la supervivencia en los márgenes más oscuros de la sociedad. Sin educación, sin red de apoyo y completamente desamparada, se trasladó a Florida, donde comenzó a ejercer la prostitución en las paradas de camiones y las autopistas interestatales. Acumuló un historial gigante de arrestos menores por robos, peleas en bares y conducción temeraria, pasando largas noches durmiendo en moteles de mala muerte o directamente sobre el pasto a la orilla de la carretera. Fue en este submundo de precariedad extrema, drogas y violencia diaria donde Aileen decidió que nunca más permitiría que un hombre abusara de ella, gatillando un interruptor letal.
Entre noviembre de 1989 y noviembre de 1990, Aileen Wuornos le arrebató la vida a siete hombres de mediana edad. Su modus operandi era siempre el mismo: los hombres la recogían en la carretera buscando servicios sexuales, ella se subía a sus vehículos y terminaban en zonas boscosas desoladas. Ahí, Wuornos extraía una pistola calibre .22 de su bolso y los ejecutaba a quemarropa en el pecho. Las actas de apelación de la Corte Suprema de Florida detallan que Wuornos siempre sostuvo que actuó en legítima defensa propia, afirmando que sus clientes se ponían ultra violentos e intentaban violarla o torturarla de forma sádica. Sin embargo, la fiscalía despedazó esta coartada en los tribunales, demostrando que tras los homicidios, la mujer robaba los autos de las víctimas, sus billeteras y empeñaba sus pertenencias personales (como cámaras de fotos y herramientas) para pagar el arriendo del motel donde vivía junto a su novia, Tyria Moore.
El caso generó un impacto mediático y científico gigantesco en Estados Unidos porque las mujeres asesinas en serie son estadísticamente una anomalía total (menos del 10% de los casos a nivel mundial) y casi nunca utilizan armas de fuego ni atacan a extraños en espacios públicos. La caída de Aileen comenzó cuando la policía local rastreó los objetos de las víctimas en las casas de empeño locales, donde ella había dejado su huella digital real y su nombre en los registros obligatorios. El golpe de gracia vino desde adentro: su pareja, Tyria Moore, entró en pánico ante la presión policial y accedió a colaborar de forma encubierta con los detectives. Moore llamó a Aileen a un teléfono público mientras los agentes grababan la conversación, logrando que Wuornos, en un intento desesperado por proteger a su novia de ir a la cárcel, confesara detalladamente los crímenes en la línea.
Wuornos fue arrestada en enero de 1991 en un bar de motoqueros en Florida. En el juicio, su salud mental estaba completamente deteriorada; insultaba a los jueces, gritaba que la policía la había dejado matar a esos hombres para cobrar derechos de películas y renunció a todas sus apelaciones legales porque «ya no aguantaba más estar viva». Tras pasar una década en el corredor de la muerte mostrando una paranoia severa, Aileen Wuornos fue ejecutada mediante inyección letal el 9 de octubre de 2002 en la Prisión Estatal de Florida. Su cruda historia abrió debates éticos profundos sobre la salud mental, la violencia de género y el abandono social, sirviendo de inspiración directa para el aclamado filme Monster.