Charles Manson no fue el típico asesino en serie que operaba en las sombras; fue el arquitecto intelectual del terror que aniquiló por completo el espíritu pacifista de la era hippie en 1969. Manson era un criminal de poca monta, un tipo que pasó la mayor parte de su juventud entrando y saliendo de reformatorios y cárceles. Al salir en libertad a mediados de los 60 en plena revolución cultural, se instaló en California con el sueño frustrado de ser una estrella de rock. En vez de eso, se dio cuenta de que su labia, sumada al uso descontrolado de ácido lisérgico (LSD), era un imán perfecto para captar a jóvenes vulnerables, en su mayoría chicas blancas de clase media que se habían escapado de sus casas por problemas familiares.
Manson fundó «La Familia», una especie de comuna nómade que terminó instalándose de okupas en el rancho Spahn, un viejo set de filmación de películas del oeste en el Valle de San Fernando. Ahí, Charles operaba como la figura paterna, un mesías que controlaba la mente de sus seguidores con drogas, orgías y discursos paranoicos. La teoría conspirativa de Manson era una locura total que él llamó Helter Skelter, robando el título de una canción del White Album de Los Beatles. Según su delirio, en Estados Unidos estaba a punto de estallar una guerra racial apocalíptica entre blancos y negros. Manson quería acelerar este conflicto ordenando el asesinato brutal de gente de la alta sociedad blanca, con la idea de que la policía culparía a los afroamericanos afroamericanos por los crímenes.
La noche del 8 de agosto de 1969, la manipulación llegó a su punto más sangriento. Bajo órdenes directas de Manson, su mano derecha Tex Watson, acompañado de Susan Atkins, Linda Kasabian y Patricia Krenwinkel, irrumpieron en una lujosa casa alquilada en Cielo Drive, Beverly Hills. Ahí masacraron sin piedad a cinco personas, incluyendo a la actriz Sharon Tate (esposa del director Roman Polanski), quien estaba a dos semanas de dar a luz. Al día siguiente, para probar que no eran crímenes aislados, el grupo asesinó al matrimonio de Leno y Rosemary LaBianca en Los Feliz, usando la sangre de las víctimas para escribir consignas macabras («Death to Pigs», «Healter Skelter») en las paredes.
La paranoia se apoderó de Hollywood; la gente empezó a comprar perros guardianes y a electrificar sus rejas, aterrada de que comandos hippies entraran a matarlos. Finalmente, La Familia fue capturada tras una redada por robo de autos, y Susan Atkins terminó jactándose de los homicidios con una compañera de celda. Durante el juicio de 1970, el nivel de lavado de cerebro quedó expuesto al mundo: las chicas de la secta se raparon la cabeza, se tallaron una «X» en la frente (luego modificada a una esvástica) y cantaban alegremente en los pasillos del tribunal, completamente desconectadas de la realidad y dispuestas a morir por Charles. Manson fue condenado a muerte, pero zafó cuando California abolió la pena capital brevemente en 1972, pasando a cadena perpetua. Murió tras las rejas en 2017 a los 83 años, convertido en el rostro definitivo del mal en la cultura pop.