Si pensaban que los encuentros cercanos del tercer tipo eran patrimonio exclusivo de los desiertos de Estados Unidos, el año 1996 demostró lo contrario. El Incidente de Varginha, ocurrido en una activa ciudad del estado de Minas Gerais, es considerado por los investigadores como el «Roswell brasileño», pero con un ingrediente mucho más perturbador: aquí no solo se reportaron escombros metálicos, sino el avistamiento, persecución y supuesta captura de múltiples criaturas extraterrestres vivas en pleno radio urbano. Un caso tan masivo que, tres décadas después, sigue cautivando al gigante sudamericano a través de documentales, conferencias internacionales y la reciente inauguración de su propio museo oficial del espacio.
La locura comenzó la madrugada del 20 de enero de 1996. Varios sistemas de defensa civil y granjeros locales reportaron el paso de un objeto volador no identificado de gran tamaño que se desplazaba de forma errática y emitía un denso humo antes de precipitarse en las zonas rurales cercanas a Varginha. Horas más tarde, el Cuerpo de Bomberos local y el Ejército brasileño recibieron llamadas de pánico que alertaban sobre la presencia de un «animal extraño» suelto en un sitio eriazo del barrio Jardim Andere.
El clímax del misterio ocurrió a eso de las tres y media de la tarde, cuando tres jóvenes que caminaban de regreso a sus casas —las hermanas Liliane y Valquíria Fátima Silva, junto a su amiga Kátia Andrade Xavier— cortaron camino por un terreno baldío. Fue ahí donde se toparon cara a cara con el horror: agachada junto a una pared de ladrillos, vieron a una criatura bizarra de poco más de un metro de altura. Según sus testimonios consistentes, el ser era de piel marrón oscura, viscosa y brillante, tenía venas muy marcadas en el pecho, una cabeza desproporcionadamente grande con tres protuberancias o «cuernos» en la frente, y unos gigantescos ojos rojos y saltones sin pupilas. Las niñas, aterrorizadas pensando que habían visto al mismísimo demonio, arrancaron gritando, desatando una histeria colectiva que movilizó a los vecinos.
Lo que transforma a Varginha en un expediente ufológico de primer nivel es la escala de la respuesta institucional que vino inmediatamente después. Durante los días siguientes, la ciudad fue virtualmente tomada por camiones del Ejército brasileño, ambulancias y agentes de inteligencia. Testigos civiles afirmaron ver cómo militares capturaban a dos de estas criaturas vivas utilizando redes de caza para luego trasladarlas bajo absoluto secreto. Los seres habrían pasado primero por el Hospital Regional de Varginha —donde se cerró un ala completa por supuestos «riesgos biológicos»— antes de ser llevados a laboratorios de la prestigiosa Universidad de Campinas (Unicamp), un centro con tecnología avanzada donde se les habría practicado autopsias tras su fallecimiento.
Para añadir una cuota de tragedia real al mito, el caso cuenta con un mártir: Marco Eli Chereze, un joven policía militar de apenas 23 años que participó activamente en los operativos de captura de la segunda criatura. Los reportes indican que Chereze atrapó al ser con sus manos desnudas, sin usar guantes de protección. Pocos días después del incidente, el policía comenzó a sufrir fiebres altísimas y una infección generalizada galopante que los médicos de la época no lograron descifrar. Chereze falleció el 15 de febrero de 1996 de una sepsis fulminante. Su familia demandó al Estado exigiendo respuestas, denunciando que los informes médicos fueron alterados y que su muerte fue consecuencia directa de haber tocado una entidad biológica desconocida.
Al igual que en Roswell, la presión pública obligó al estamento militar a mover sus piezas. Tras una detallada Investigación Policial Militar (IPM) que concluyó en 1997, el gobierno de Brasil desestimó formalmente cualquier origen extraterrestre para los eventos de Varginha. La explicación oficial de los uniformados rozó lo surrealista: afirmaron que las tres jóvenes no habían visto a un alienígena, sino a un vecino del barrio conocido popularmente como «Mudinho». Según el Ejército, este hombre sufría de severas discapacidades mentales y físicas, solía andar agachado y sucio de barro debido a las lluvias, y las niñas simplemente se habrían confundido debido a la sugestión del momento. Respecto al despliegue de camiones militares, la explicación oficial fue que los vehículos andaban realizando mantenimientos mecánicos de rutina en un taller de la zona.
Esta insólita explicación militar no hizo más que avivar las llamas de la conspiración. Periodistas e investigadores brasileños descubrieron que el Ejército había falsificado registros de bitácoras de vuelo y horarios de los camiones para encubrir lo que realmente pasó en los hospitales de la ciudad.
Tres décadas después de la conmoción, lejos de ser olvidado, el «E.T. de Varginha» se convirtió en un ícono de la cultura popular brasileña. La ciudad abrazó el mito de forma comercial y turística: los paraderos de micros tienen forma de platillos voladores, los estanques de agua públicos parecen naves nodrizas y el reciente auge de documentales e investigaciones científicas independientes mantienen el caso abierto. Varginha demostró que, cuando se trata del fenómeno OVNI en el sur del mundo, los secretos militares y las anomalías biológicas pueden ser igual de esquivos y perturbadores que en cualquier rincón del hemisferio norte.