En el vasto catálogo de la criptozoología mundial, la gran mayoría de las criaturas son descritas como depredadores letales, monstruos territoriales o entes imponentes que infunden pavor a los viajeros, como Pie Grande o el Chupacabras. Sin embargo, en los bosques de coníferas de Pensilvania, Estados Unidos, habita un ser cuya única interacción con los humanos nace desde la más profunda lástima y miseria existencial. Hablamos del Squonk, clasificado de forma taxonómica en los libros de mitología rural como Lacrimacorpus dissolvens. Su historia no inspira terror, sino una extraña y oscura melancolía que ha fascinado a naturalistas, leñadores e incluso a músicos de rock progresivo como Genesis o Steely Dan.
El origen documentado del Squonk nos hace retroceder a la época dorada de la industria maderera de Pensilvania, a finales del siglo XIX y principios del XX. Los leñadores que pasaban meses aislados en las profundidades de los bosques montañosos comenzaron a relatar que, durante las noches más frías y silenciosas, se escuchaba un lamento constante, un llanto desgarrador y agudo que se desplazaba entre los árboles pero que parecía alejarse cada vez que alguien intentaba seguir el rastro. El mito quedó inmortalizado por escrito en 1910 en el célebre libro de William T. Cox, Fearsome Creatures of the Lumberwoods («Criaturas temibles de los bosques madereros»), un compendio que rescató el folclore de los campamentos forestales de la época.
Físicamente, el Squonk es descrito como un ser pequeño, similar en tamaño a un cerdo mediano o a un tejón, pero con una apariencia anatómica espantosa que justifica su eterna depresión. Su piel es flácida, de un tono grisáceo o marrón enfermizo, y está completamente cubierta de imperfecciones, verrugas, pliegues deformes y tumores benignos. La criatura es plenamente consciente de su fealdad, lo que le provoca una vergüenza tan masiva que evita a toda costa cruzarse con cualquier otro ser vivo. Pasa las noches ocultándose bajo los matorrales, arrastrando sus patas cortas y llorando de forma ininterrumpida debido a su infelicidad crónica. De hecho, los cazadores más experimentados de la época aseguraban que el Squonk es sumamente fácil de rastrear en el bosque, ya que deja un sendero perfectamente marcado de lágrimas frescas y marcas de fango húmedo.
El aspecto más fascinante y perturbador del Squonk es su asombroso método de escape, único en el reino de los críptidos. Cuando la criatura se siente acorralada por un humano o un depredador, el pánico y la angustia elevan su llanto a niveles histéricos. En lugar de morder, liberar toxinas o correr, el Squonk comienza a desarmarse molecularmente a través de sus propias lágrimas en un proceso conocido como autólisis emocional. En cuestión de segundos, todo el cuerpo del animal se disuelve por completo, transformándose en una poza de líquido espumoso, salado y amarillento, dejando atrás únicamente algunos restos de piel flácida y verrugas.
El libro de William T. Cox relata el caso del único cazador que supuestamente logró capturar a un ejemplar vivo: un hombre llamado J.P. Wentling. Tras seguir pacientemente el rastro de llanto en los bosques de los montes Pocono, Wentling imitó el sonido del lamento para ganarse la confianza del animal. Logró arrinconarlo debajo de un tronco podrido y lo metió rápidamente dentro de una bolsa de arpillera. Mientras caminaba de regreso al pueblo, Wentling sintió que el saco se volvía cada vez más liviano y que un líquido tibio goteaba a través de la tela. Al llegar a su cabaña y abrir la bolsa con la luz de la lámpara de aceite, el animal ya no estaba: en el fondo del saco solo quedaban un par de litros de agua salada y un olor a almizcle triste.
Desde una perspectiva analítica y psicológica, el Squonk funciona como una brillante metáfora de la soledad y las duras condiciones de vida de los trabajadores forestales del siglo XIX, hombres que pasaban meses aislados, lejos de sus familias, lidiando con accidentes mortales y la hostilidad de la naturaleza. Para la ciencia, los avistamientos originales del Squonk pudieron ser provocados por encuentros nocturnos con animales nativos de la zona que sufrían de casos severos de sarna sarcóptica u otras enfermedades de la piel deformantes (como osos jóvenes, mapaches o puercoespines sin pelo), los cuales emiten chillidos nocturnos agudos que, bajo la sugestión del bosque oscuro, sonaban como el llanto de un duendecillo deforme derritiéndose en la maleza.