Para entender el nivel de locura colectiva y misterio que rodea a la Batalla de Los Ángeles, hay que viajar en el tiempo a una de las épocas más tensas de la historia estadounidense: febrero de 1942. Hacía apenas tres meses que la Armada Imperial Japonesa había bombardeado Pearl Harbor, metiendo a Estados Unidos de golpe en la Segunda Guerra Mundial. La costa oeste del país estaba bajo una paranoia total; la gente vivía aterrada con la idea de que los aviones japoneses aparecieran en cualquier momento para bombardear California. Las ciudades costeras aplicaban apagones nocturnos estrictos y los civiles miraban el cielo con sospecha constante. El ambiente estaba tan cargado que solo faltaba una chispa para desatar el caos. Y esa chispa llegó la noche del 24 de febrero.
Todo comenzó a las 7:18 de la tarde, cuando el Comando de Intercepción de la Cuarta Fuerza Aérea emitió una alerta tras avistar supuestas «llamaradas brillantes» en el cielo cerca de bases militares. Aunque esa primera alarma se levantó a las pocas horas, el verdadero infierno estalló a la madrugada siguiente. A las 2:25 del 25 de febrero de 1942, los radares militares detectaron un objeto no identificado aproximándose a la costa de Los Ángeles desde el Océano Pacífico. De inmediato, las sirenas de ataque aéreo de la ciudad comenzaron a sonar con un rugido ensordecedor que despertó a millones de ciudadanos. Toda la metrópolis quedó a oscuras en un apagón total obligatorio.
A las 3:16 de la mañana, las baterías de la 37.ª Brigada de Artillería Antiaérea entraron en acción. Al encender los gigantescos reflectores de alta potencia hacia el cielo nocturno, los operadores divisaron un objeto que flotaba a gran altitud. En cosa de minutos, el cielo de Los Ángeles se convirtió en un espectáculo tétrico de fuegos artificiales de guerra. Cañones de 3 pulgadas y ametralladoras pesadas de calibre .50 comenzaron a disparar ráfagas incesantes. El bombardeo fue masivo, feroz y ruidoso: durante casi una hora, el ejército estadounidense disparó exactamente 1.440 proyectiles antiaéreos contra el cielo.
Lo que transforma este incidente de una simple crisis de nervios bélicos a uno de los expedientes ufológicos más famosos de la historia es la naturaleza del «blanco». Decenas de miles de testigos civiles, incluyendo a reporteros del periódico Los Angeles Times, salieron a sus patios y balcones y vieron cómo los potentes haces de luz de los reflectores militares convergían en un único punto fijo en el cielo. En el centro de ese nudo de luz se distinguía un objeto volador de gran tamaño, de color plateado o naranja brillante. Lo verdaderamente inexplicable fue que las esquirlas y proyectiles de la artillería pesada estallaban directamente sobre y alrededor del objeto, pero este parecía completamente indestructible, permaneciendo estático o moviéndose a una velocidad ridículamente lenta (apenas unos 15 km/h) sin sufrir un solo rasguño, para luego desaparecer rumbo al sur sobre Long Beach.
Cuando el cielo se aclaró y se levantó la alarma a las 7:21 de la mañana, Los Ángeles amaneció en un escenario de desastre civil autoinfligido. El ataque japonés nunca existió; no cayó ni una sola bomba enemiga. Sin embargo, la lluvia de plomo de las propias municiones antiaéreas estadounidenses al caer de regreso a la Tierra destrozó los techos de cientos de casas, perforó automóviles y rompió ventanas por toda la ciudad. Peor aún, el incidente cobró vidas humanas indirectas: tres civiles murieron en accidentes de tránsito debido al pánico y la oscuridad del apagón, y otros dos fallecieron de ataques cardíacos fulminantes provocados por el estrés de las sirenas y el estruendo de los cañones.
La respuesta de las autoridades tras el fiasco demostró la tremenda confusión interna que existía en el gobierno. Pocas horas después del cese al fuego, el Secretario de la Armada, Frank Knox, ofreció una conferencia de prensa donde intentó minimizar el asunto, declarando que todo había sido una «falsa alarma» gatillada por los nervios de la guerra y la fatiga de los soldados. Sin embargo, al día siguiente, el Departamento de Guerra y el general George C. Marshall contradijeron abiertamente a la Armada, emitiendo un reporte oficial que aseguraba que entre uno y quince aviones comerciales no identificados o globos civiles habían sobrevolado la ciudad, posiblemente operados por espías para ubicar la posición de las defensas antiaéreas.
Décadas más tarde, en 1983, una exhaustiva revisión histórica realizada por la Oficina de Historia de la Fuerza Aérea de EE.UU. concluyó que el catalizador inicial de la «batalla» fue el lanzamiento de una serie de globos meteorológicos meteorológicos de color negro que portaban luces de bengala para medir el viento antes del amanecer. Según el informe oficial moderno, una vez que las primeras baterías dispararon por error contra estos globos, el humo de las explosiones atrapado en las luces de los reflectores creó la ilusión óptica de que había naves enemigas en el cielo, provocando un efecto dominó de pánico donde los soldados disparaban contra las nubes y sus propios proyectiles en combustión.
A pesar de las explicaciones oficiales que apuntan a la histeria de guerra y los globos meteorológicos, la famosa fotografía publicada por el Los Angeles Times —donde se aprecian las luces de los reflectores formando una perfecta «X» sobre un objeto con forma de platillo rodeado de explosiones— sigue siendo el estandarte de los ufólogos. Para los creyentes del fenómeno, la Batalla de Los Ángeles fue el día en que el complejo militar de una superpotencia intentó derribar, sin éxito, una tecnología que no pertenecía a este mundo.