Si pensaban que las sectas destructivas eran exclusivas de gringos descalzos o comunas rurales viviendo en la miseria, la Orden del Templo Solar (OTS) viene a romper todos los esquemas. Fundada en Ginebra, Suiza, en 1984, esta organización no reclutaba a gente vulnerable en las calles; su público objetivo era la crema y nata de la sociedad francófona: empresarios multimillonarios, científicos, periodistas destacados, funcionarios de la aerolínea Air Canada y miembros de la alta burguesía de Suiza, Francia y Quebec. El grupo mezclaba el mito de los antiguos Caballeros Templarios con teorías de la Nueva Era, astrología, supervivencia ante el fin del mundo y ritos masónicos ultra secretos de etiqueta negra.
Detrás de esta elegante fachada mística operaba un dúo dinámico y calculador. Por un lado estaba Luc Jouret, un médico homeópata belga ultra carismático que daba charlas sobre ecología, espiritualidad y salud integral, funcionando como el imán perfecto para atraer a profesionales con plata y crisis de mediana edad. Por el otro, el verdadero cerebro financiero y titiritero de la secta: Joseph Di Mambro, un estafador profesional francés con un historial gigante de fraudes financieros. Di Mambro montó un elaborado teatro esotérico en los templos subterráneos de sus mansiones, utilizando trucos de luces, hologramas de santos y efectos especiales caseros para convencer a sus adinerados seguidores de que los «Maestros Cósmicos de Zúrich» se les aparecían en persona para darles órdenes directas.
El enganche de la OTS era que la Tierra se dirigía a un colapso ecológico y espiritual inminente. La única forma de salvarse no era quedarse a pelear, sino realizar un «tránsito» voluntario hacia un plano de existencia superior, específicamente hacia el planeta que orbitaba la estrella Sirio. Para pertenecer a este selecto club del éxodo intergaláctico, los miembros debían donar fortunas completas a las cuentas bancarias de Di Mambro en paraísos fiscales. Todo marchó sobre ruedas durante una década, acumulando millones de dólares y propiedades de lujo en tres países, hasta que a principios de los años 90 el esquema empezó a agrietarse: varios miembros descubrieron los engaños ópticos de Di Mambro, las policías de Canadá y Suiza comenzaron a investigarlos por tráfico de armas y lavado de activos, y el dinero empezó a escasear. Viéndose acorralados por la ley, los líderes decidieron activar el plan de escape definitivo.
Aquí ocurre un paralelo escalofriante y directo con lo que pasó años después en Chile con Antares de la Luz. En septiembre de 1994, en una de las sedes de la secta en Morin-Heights, Canadá, Di Mambro ordenó el asesinato de un bebé de solo tres meses llamado Emmanuel Dutoit, hijo de dos exmiembros disidentes. Di Mambro declaró que el lactante era el mismísimo Anticristo que venía a destruir la orden, por lo que un par de seguidores fieles lo apuñalaron repetidamente con una estaca de madera en el pecho. Ese horror fue el macabro puntapié inicial de lo que vendría días después.
Entre el 4 y el 5 de octubre de 1994, la tragedia estalló en cadena a ambos lados del Atlántico. En las tranquilas localidades suizas de Cheiry y Salvan, la policía y los bomberos acudieron a apagar incendios en lujosas granjas y chalets propiedad del culto. Al entrar, se toparon con una pesadilla arqueológica: decenas de cadáveres vestidos con túnicas rituales blancas, rojas y negras dispuestos en forma de estrella alrededor de altares con espejos. Los peritajes forenses demostraron que la idea del «suicidio colectivo» era una verdad a medias; si bien muchos miembros consumieron cócteles de tranquilizantes de forma voluntaria, un gran porcentaje de las víctimas presentaba bolsas plásticas en la cabeza, las manos amarradas por la espalda y múltiples impactos de bala en el cráneo. Di Mambro y Luc Jouret murieron en esa primera oleada, dejando los recintos conectados a complejos sistemas de temporizadores y líneas de gasolina para que todo ardiera de golpe.
La carnicería no se detuvo con la muerte de los fundadores. La programación mental de la secta era tan profunda que los sobrevivientes que no alcanzaron a entrar en el primer «viaje» sintieron que se habían quedado abajo del tren cósmico. En diciembre de 1995, en una meseta remota de las montañas de Vercors en Francia, se encontraron otros 16 cuerpos calcinados dispuestos en forma de estrella, incluyendo a la esposa y al hijo del campeón mundial de esquí Jean Vuarnet. Finalmente, en marzo de 1997, una tercera oleada golpeó una residencia en Saint-Casimir, Quebec, donde otros 5 miembros se quitaron la vida bajo la misma premisa de fuego y estrellas.
En total, las masacres ligadas a la Orden del Templo Solar cobraron la vida de 74 personas, transformando el caso en uno de los episodios de histeria colectiva y manipulación psicológica más destructivos de Europa y América del Norte. Las investigaciones judiciales subsiguientes revelaron la fragilidad de la mente humana: no importaba cuántos títulos universitarios o millones en el banco tuvieran las víctimas; cuando el vacío existencial es grande, el carisma de un falso profeta puede convencer a cualquiera de que prenderse fuego es el único camino correcto para viajar al espacio.