A finales de la década de 1990, cuando internet aún era un territorio joven dominado por foros rústicos y listas de correo electrónico, nació una de las leyendas urbanas contemporáneas más perturbadoras del nuevo milenio: los Niños de Ojos Negros (BEKs, por sus siglas en inglés, Black Eyed Kids). Aunque para la gran mayoría de los sociólogos de la comunicación este fenómeno se cataloga dentro de la categoría de las creepypastas (historias de terror ficticias creadas para volverse virales en la red), el volumen de testimonios de personas que afirman bajo juramento haber vivido encuentros físicos con estas entidades ha transformado el mito en un verdadero expediente de estudio para la ufología y la demonología moderna.
El origen histórico del mito se remonta a la noche del 16 de enero de 1998, cuando un periodista independiente de Texas llamado Brian Bethel publicó un relato detallado en un foro de misterio. Bethel aseguró que se encontraba estacionado bajo la luz de una farola a las afueras de un cine en Abilene, Texas, escribiendo en un bloc de notas, cuando dos niños de entre 10 y 14 años se acercaron a la ventana de su auto. Los muchachos vestían ropas oscuras con capucha un tanto desgastadas y tenían una tez extremadamente pálida. El niño mayor le habló con una entonación extrañamente educada, madura y monótona, explicándole que querían ir a ver una película pero habían olvidado su dinero en casa, por lo que le pedían que los subiera al auto para llevarlos a su vivienda.
Bethel relató que, en el instante en que los niños se acercaron, un pánico biológico e irracional, un miedo primitivo de supervivencia que nunca antes había sentido, se apoderó de todo su cuerpo. Su instinto le ordenaba no abrir la puerta bajo ninguna circunstancia. El momento de máximo horror ocurrió cuando Bethel miró fijamente el rostro de los menores: sus ojos carecían por completo de esclera, iris o pupila; eran dos esferas sólidas de un color negro azabache profundo y brillante, como pozos de tinta líquida. Al notar que el periodista los miraba con pánico, el tono de los niños se volvió agresivo e imperativo: «No podemos entrar a menos que nos des permiso. Déjanos entrar, solo somos dos niños indefensos». Bethel metió reversa de golpe y aceleró a fondo, viendo a través de su retrovisor cómo los niños desaparecían de la nada en el estacionamiento desierto en cuestión de segundos.
A partir de la publicación de Bethel, el patrón de los encuentros con BEKs se repitió por cientos en todo el mundo anglosajón. Las historias siempre comparten las mismas «reglas» folclóricas:
- La solicitud de invitación: Al igual que los vampiros de la literatura clásica, estas entidades parecen atadas a una ley metafísica estricta: no pueden cruzar el umbral de una casa o el habitáculo de un auto a menos que el dueño les otorgue explícitamente el permiso de entrada de forma voluntaria.
- El habla anacrónica: Utilizan frases muy formales, mecánicas y repetitivas, insistiendo de forma monótona en que tienen frío, hambre o necesitan usar el teléfono.
- El aura de pánico: Su cercanía genera una distorsión en el ambiente; los testigos describen que el aire se vuelve denso, los animales domésticos huyen aterrorizados o caen en un silencio sepulcral, y la mente humana experimenta un cuadro de ansiedad clínica inmediato.
Las explicaciones analíticas sobre los Niños de Ojos Negros son variadas. Los escépticos apuntan a una evolución natural de las leyendas urbanas tradicionales adaptadas a la era digital, sazonadas por bromas pesadas de adolescentes utilizando lentes de contacto esclerales de color negro (muy comunes en las estéticas góticas y de Halloween). Para los investigadores paranormales más ortodoxos, en cambio, los BEKs podrían ser manifestaciones modernas de demonios disfrazados de forma inofensiva para engañar a los humanos, o híbridos extraterrestres intentando integrarse en la sociedad de forma torpe, utilizando la figura de la infancia desvalida como el anzuelo perfecto para que les abramos la puerta hacia nuestras vidas.